¡Maldito Apocalipsis!

Se dice que hay cosas que son cuestión de suerte. Hay gente que tiene la suerte de no tener que lidiar en la vida con un Apocalipsis. La mayor parte de la humanidad, así en general. Y luego está la gente que tiene la suerte de sobrevivir a pesar del Apocalipsis.

Cuando ese pequeño problemilla epidémico sin importancia que es el virus zombi llega a Madrid y destruye la vida de Gabriel, éste se ve obligado a recurrir a la suerte y al aislamiento para no acabar devorado como un pastelito de cerebro. Sin embargo, una serie de desdichas lo obligan a abandonar su escondite y encontrarse con varias personas que pondrán su vida en riesgo hasta límites insospechados. Gabriel, que conoce la importancia de poder elegir qué hacer con el tiempo que se le ha dado, se unirá a ellos con el objetivo de volver a encontrar su lugar en el mundo.

Un mundo dominado por los no-muertos, americanos que disparan antes de pensar, una joven que sólo fantasea con la próxima cabeza podrida que rebanará con su katana… y un viaje a Segovia que terminará con la salvación de todos ellos o la muerte.

Nunca se sabe, después de todo, esto es un Apocalipsis.

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Prólogo

Gabriel era un chico con suerte, con mucha suerte. De hecho, tenía tanta suerte que había conseguido sobrevivir a algo tan grave como un Apocalipsis zombi a escala mundial. Es lo que tienen los Apocalipsis, que le suceden a todo el mundo.

El suceso le pilló sentado en el sofá de su casa, viendo la tele y devorando una hamburguesa con patatas fritas que había estado esperando en el microondas a que algún irresponsable se acordara de ella. Gabriel se había acordado, sí, pero cuatro horas más tarde de la hora oficial de cena que sus padres imponían en casa. Más adelante, cuando los supervivientes se preguntaran los unos a los otros qué estaban haciendo en el momento en el que las noticias anunciaron el principio del fin, Gabriel contestaría que estaba reflexionando sobre lo fugaz de la vida, que era mucho más digno e interesante que decir “estaba perdiendo el tiempo mientras cenaba a la una de la mañana”.

El asunto de la alimentación se hubiera hecho como es debido de haber estado sus padres en casa, pero desde que se habían ido de vacaciones los horarios de su amado hijo habían cambiado un poco. Y por un poco quería decir de forma radical. Se levantaba en el ocaso y se echaba a dormir a la misma hora que los vampiros. Dedicaba las noches a hacer cualquier cosa que lo entretuviera y estuviera disponible en ese momento. Y, teniendo en cuenta que tenía acceso a multitud de juegos online y varias plataformas de series en streaming, el límite era el desmayo. Por eso muchas veces comía mientras veía películas basura que echaban en la tele normal —cuanto más malas, más le gustaban—, como estaba haciendo en aquel momento.

Entonces, justo cuando la guapa protagonista del largometraje estaba a punto de quitarse una de las prendas que cubría exiguamente su cuerpo, el sonido coñazo de los telediarios eliminó sus esperanzas de ver heroínas hollywoodianas sin ropa. Un poco de kétchup manchó la funda del sofá.

Las imágenes eran confusas. La presentadora tenía una expresión entre somnolienta y acojonada. Solo ponían clips de vídeo sacados de una cadena estadounidense que Gabriel no reconocía, pero le daba igual. Su única respuesta posible al ver una noticia como la que estaban emitiendo en ese momento era decir en voz alta “WTF?”, luego poner cara de bobalicón y después de nuevo el “Pero, WTF?”

Tras ver un par más de imágenes surrealistas sobre el hecho que se narraba, el espíritu incrédulo de Gabriel, que se había tragado demasiadas series de ficción norteamericanas y no aceptaba nada que tuviera cualquier posibilidad de convertirse en la próxima película de Spielberg como un hecho verosímil; empezaba a preguntarse cosas como “¿Será el día de los inocentes y no me he enterado?” o “¿Algún graciosillo habrá pirateado la programación para poner sus chorradas y joderme a mí?”.

Lo primero era casi imposible, vale que había perdido un poco la noción del tiempo en las últimas semanas, pero todavía hacía calor. Ni siquiera había empezado el otoño, además, si hubiera empezado ya tendría que haber ido a la universidad, así que mucho menos podían estar a finales de diciembre. La segunda opción era más probable, aunque la presentadora era la habitual y tenía una cara de miedo que no dejaba lugar a dudas. En todo caso la situación era poco creíble.

A grandes rasgos la noticia comunicaba que había ocurrido una especie de explosión en un laboratorio de Estados Unidos que llevaba a cabo investigaciones “clasificadas”. Una explosión más impresionante que las que se ven en las películas. Al parecer el área estaba en cuarentena, y avisaban de que en las carreteras y aeropuertos cercanos cortarían las comunicaciones. Los medios todavía no disponían de muchos datos, de hecho, el vídeo que se emitía parecía grabado con la cámara de un teléfono móvil, así que todo era bastante confuso. Aun así, parecía importante. ¿Quién le iba a decir al chico que ese momento marcaría un antes y un después en la historia de la raza humana? Estos yanquis siempre liándolo todo. ¿Muerte? ¿Cuarentena? ¿Destrucción? ¿Sería una nueva cepa de gripe atacando de nuevo?

Gabriel ya estaba harto de todo eso de las pandemias.

Qué exagerados.​

—Buah, me voy a jugar al Overwatch.