Estrellas de Neón

estrellas neon

Bienvenidos a la Unión Planetaria, hogar de todo el universo conocido.

En la Unión orcos, elfos y demás especies intentan ganarse el pan con el comercio espacial. Gryphus, uno de los pocos humanos que existen en este universo, solo quiere sacar adelante su tesis doctoral sobre la leyenda del planeta llamado Tierra, así que contrata a una compañía de mercenarios para que lo ayuden a perseguir una pista mucho más peligrosa de lo que cree.

Una sátira espacial donde un grupo compuesto por una orca, un gnomo, una elfa, una cabra y una criatura tan poco común como un humano, se enfrentan a una corporación energética malvada bajo las luces un planeta de neón.

¿Dónde comprarlo?

Tenemos abierta la preventa de «Estrellas de Neón» en la Tienda. Puedes precomprar el libro en una edición especial exclusiva en tapa dura, el ebook digital y varios packs en los que se incluyen distintos productos relacionados.

Los envíos comenzarán a realizarse el 5 de julio.

Cuando termine la preventa, el libro también estará disponible para su compra en tapa blanda en Amazon.

Lee el prólogo gratis:

La taberna estaba, como siempre, a rebosar. Y eso que, en teoría, se trataba de un bareto clandestino, secreto, que sólo unos pocos afortunados conocían. Esa era la gran mentira que contaban a los provincianos necesitados por primera vez de servicios poco… ortodoxos. 

“Ve al Cuerno, allí sólo encontrarás lo mejor de lo mejor”. O, más bien, lo mejor de lo peor. Y también lo peor de lo peor. Para resumir digamos que en el Cuerno había de todo, excepto buena gente. 

El pobre recién llegado destacaba más que un loro en una jaula de cuervos. Era alto, para los estándares humanos, delgado y huesudo. Sus ropajes, una especie de túnica color beige de mangas anchas, parecían colocados sobre su figura como por error. Había pocas personas que pudieran lograr estar incómodas en una túnica como aquella y él era una de ellas, llevarse mal con la ropa era un don innato que poseía. Mechones pelirrojos asomaban por debajo de su sombrero de erudito, prenda que en muy rara ocasión se dejaba ver por un sitio como aquel y que, de verse, se podía tener la seguridad de que su propietario original había corrido una suerte indeseable. Sin embargo, en este caso, el sombrero era suyo, al igual que la bolsa de cuero que agarraba nervioso, estaba claro que en ella llevaba dinero o algo importante. 

Primer error. 

Se tranquilizó porque, a simple vista, parecía que nadie le estaba prestando atención. 

Segundo error. 

En el Cuerno todo el mundo estaba pendiente de los que entraban y salían, por si había que desenfundar un arma o salir por pies. 

Los que le habían dado las indicaciones le habían dicho que tenía que buscar a un gnomo y, una vez dentro del local, descubrió que no era fácil encontrar a un hombrecillo de medio metro en un lugar mal iluminado y lleno de orcos. También le habían avisado de que el gnomo estaría acompañado, y que nunca debía decir la palabra “C” en su presencia. 

No tenía ni idea de qué narices significaba la palabra “C” y sus informadores parecían demasiado asustados para aclararlo, así que pensó que lo mejor sería evitar cualquier palabra que empezase por C y que pudiese conllevar algún riesgo. 

Se pasó un buen rato mirando, pero por mucho que estirara el cuello, su búsqueda no parecía dar frutos, por lo que decidió preguntar al tabernero, práctica común en ese tipo de situaciones, según tenía entendido. Se abrió paso hasta la barra, que era como un muestrario de rocas, con todos aquellos inmensos y musculosos brazos verdosos apoyados sobre la pegajosa madera. Escogió un hueco entre dos orcos que no parecían muy borrachos y se sentó en el taburete, intentando fingir, sin éxito, que no era la primera vez que pasaba por allí. La orca que tenía a su derecha gruñó y apretó el bíceps, después algo en el estómago del recién llegado se aflojó. “Como si su sola presencia no fuese ya lo suficientemente intimidante…”, el joven quiso sonreír, pero lo más parecido que consiguió fue una mueca que suplicaba “no me mates y, si lo haces, que sea rápido”. 

—¿Qué quieres? —dijo el tabernero al acercarse, sin más ceremonia.

El joven dio un respingo, y la bolsa, que tan bien sujeta tenía sobre las piernas un segundo atrás, estuvo a punto de caer al suelo. 

—Ho-o-o-la, buenas noches.

—Aquí se viene a consumir, muchacho.

El tabernero era un ser al que la palabra fornido le hacía cosquillas. Debía ser por lo menos cuarto de troll, si no medio. En la barba tenía todo el pelo que le faltaba en la cabeza, la llevaba larga hasta la oronda barriga, en la que podría haber cabido medio cerdo adulto. 

—Ve-vengo buscando a alguien, señor.

—Sí, tienes pinta.

—¿Pinta de qué?

—De pardillo.

La orca de su derecha soltó una carcajada. 

—Mi nombre es gnomo y busco a un Gryphus para un trabajo. Digo, no. Al revés, yo Gryphus y busco a un gnomo.

—Tendrás que especificar más. Y consumir algo.

Gryphus rebuscó en sus bolsillos y sacó un billete arrugado. 

—¿Con esto servirá? —preguntó, sin tener ni idea de lo que podía costar una bebida en un antro como aquel. 

De hecho no tenía ni idea de lo que costaba nada, en general, pues la vida en la universidad consistía en leer libros, desempolvar reliquias y descifrar antiguos mapas. De comprar comida y todo lo demás ya se encargaban los asistentes. 

Por la cara del tabernero, el dinero era suficiente y algo más, pero decidió que sería mejor no comentarlo. El mestizo cogió el billete y se lo guardó en el mandil.

—Como decía… busco a un gnomo. 

El tabernero sacó una jarra de cerveza turbia y se la puso delante.

—Hay bastantes gnomos por aquí y la mayoría tienen nombre. ¿El tuyo lo tiene?

Gryphus se rascó la nariz, intentando recordar. No le habían dicho nada de ningún nombre. Gnomo. Acompañante. No decir la palabra “C”. Le transmitió la información.

—Debes referirte a Höe —dijo el tabernero al oír aquello—. Y no, no te olvides de omitir la palabra “C”.

—¿Cuál es la palabra “C”? —preguntó Gryphus, que ya empezaba a molestarse con la broma.

—No se juega con eso, muchacho… podría oírme.